En nuestra infancia, llegamos a este mundo como seres puros, traemos recuerdos de nuestra alma que solemos manifestar abiertamente en los primero años de nuestra vida, estamos en nuestra esencia. Extasiados por la vida, queremos probarlo todo, experimentarlo todo, saberlo todo, estamos explorando este cuerpo y este lugar. En esos momento de exploración y juego creemos que podemos volar y nos lanzamos desde un muro y nos caemos, nos lastimamos, creemos que podemos atravesar paredes y tomas carrerilla y zasca otro chichón más, luego queremos abrir una puerta mágica metiendo la llave en el enchufe y corrientazo, bienvenido al mundo.
Ya después de unos cuantos moretones y heridas que nos generan dolor, nuestra mentecita dice: “a ver, ya veo que quieres hacer muchas cosas pero que no te enteras que aquí todo duele, de ahora en adelante ya me encargo yo, porque tu vas sin cuidado en absoluto y me haces daño”, refiriéndose al cuerpo físico, claro es donde tenemos la experiencia. Esto ocurre alrededor de los 7 – 8 años.
Es desde entones que nuestra mente empieza a tener el control de nuestra experiencia y vamos, tenia que ser así y ahora te explico el porqué: nuestra mente empieza a desarrollar el control motriz, es decir, aprende a conducir este vehículo que habitamos de forma consciente, si hago esto me caigo, si hago aquello me hago daño, si muevo esto me golpeo, etc etc; luego es cuando aprende las habilidades sociales, es decir, como relacionarse y quiere agradar a los demás, tener muchos amigos, autodescubrirse. Vivir su propia experiencia, aprender las normas de esta realidad que explora.
Todo se repite, como decía venimos aquí conectados en esencia, experimentamos la ilusión de separación tal como la fuente misma, al principio solo era Dios, quién se separa de si mismo para poder verse y reconocerse, para luego echarse de menos y querer volver a si. Eso mismo lo vivimos nosotros aquí porque todo es igual, una vez experimentamos la ilusión de separación nos sentimos que nos falta algo, y vamos llenando nuestra vida con cosas y relaciones para reemplazar ese vacío de nosotros mismos. Hasta ese momento que una experiencia nos sacude y nos lleva a despertar, a querer buscar esas partes perdidas de nosotros mismo que fuimos dejando al andar.
Muchos le llaman a esta fase la muerte del ego, yo lo experimento como un reencuentro, respeto su travesía, los caminos transitados me llenaron de experiencia que hoy en día me sirven para mi misión almica, todo fue hermoso si se puede ver así, entiendo que tenga miedo al dolor, ya ha entendido que es inevitable pero aprendimos una forma de transitarlo y llevarlo de la mejor manera posible. Volver a nosotros mismos es aceptarnos por completos desde esta experiencia que decidimos transitar, en esta realidad condicionada por sus normas y reglas que debemos aceptar y adaptarnos de la mejor manera posible para nosotros.
Volver a tomar las riendas para mi fue a través del diálogo, hablando con mi mentecita que lleva el registro de todas mis experiencias vitales y con mi cuerpecito que guarda las memorias, comunicarles que ya soy mayor, que comprendí los peligros de este plano, que hay plantas y animales venenosos, que la materia es dura y duele al golpearse con ella, que el limón es ácido y el café amargo. Le agradecí por querer protegerme todo este tiempo pero que a partir de ahora puedo hacerlo yo y que puede confiar que cuidaré de mi, ya no soy la niña pequeña, por el contrario ahora que me he hecho consciente cuido de ella, y esto no significa no vivir aventuras, ni privarme de usar una motosierra, solo que encuentro la forma segura de hacerlo, porque mi primera misión en esta vida es cuidar de este avatar, porque es necesario para llevar a cabo el plan de mi alma.
Y con estas palabras me despido.
Como siempre, gracias por llegar hasta aquí, si te gustó la lectura compártela y si te apetece compartir conmigo tu visión o dejarme un feedback escríbeme abajo en comentarios, hasta la próxima 🙂
Contactar